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'Remake' de 2010: 'Let me in'
'Let me in' es el 'remake' norteamericano de la obra sueca realizado en 2010 por Matt Reeves.
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Fuente: Críticas de cine (blog)
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El film americano y el sueco son experiencias muy similares. Si se hubiera realizado una “americanización” rutinaria la película hubiera sido diferente, más comercial. Pero Reeves se esfuerza por mantener lo extraño y lírico de la historia, aunque en realidad no puede evitar alejarse de la frialdad y crudeza de aquella convirtiendo ésta en algo más tierna y cálida (si os fijáis los tonos invernales han sido cambiados de blanco irreal a un dorado mágico). No es de extrañar. Reeves es un cineasta americano, y no puede dirigir como uno sueco. A pesar de ello sorprende su esfuerzo por mantener el funcionamiento del film de Alfredson, logrando que 'Let Me In' se salve de ser un vulgar y desalmado remake, pero impidiendo también al mismo tiempo que el producto logre cierta independencia.


Así pues, el guión (escrito por el propio Reeves) no se aparta demasiado de lo expuesto en la versión sueca, volviéndose a centrar en la historia de amistad de los dos niños: Abby y Owen (en lugar de Eli y Oscar). Se elimina el personaje del vecino en busca de la verdad, y es sustituido por un detective que no aporta mucho (correcto Elias Koteas). Los vecinos de Owen (y victimas de Abby) son convertidos aquí en sombras que el muchacho espía por la ventana, y a los padres de éste en poco menos que fantasmas que ni siquiera se llegan a ver en pantalla. Así, Reeves convierte en literal lo que en la otra película ya era apreciable: que Owen está completamente sólo en el mundo (ver el modo en que no puede contar con nadie en el momento en que necesita respuestas y ayuda) y que Abby le da un sentido a su vida.
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Realmente eso es lo único que aporta Reeves: el convertir la historia en algo más entendible para el gran público sin llegar a vulgarizarla o volverla más comercial (afortunadamente sigue sin parecerse a `Crepúsculo´). Aquí se dicen cosas que en la otra simplemente se dejaban ver: como que el maltratador de Owen se comporta así porque es como le trata a él su hermano, o que el cuidador de Abby (el siempre excelente Richard Jenkins) fue en su día un niño que conoció ella y que lleva cuidándola años (cuando le pide que deje de ver a Owen, aquí más que en la otra se notan sus celos). También resulta mucho más reconocible y entendible (por nuestra cultura) el periodo y contexto histórico en el que se desarrolla la película, por razones evidentes (los discursos televisivos de Regan, la ropa, la música…).


Pero al final todo eso es un poco anecdótico. Lo realmente importante en la película vuelve a ser la relación entre los dos jóvenes y su extraña relación. Por eso las tramas secundarias han sido reducidas al máximo (Reeves sabe lo que le interesa y no pierde el tiempo con lo demás), y por eso al final el remake americano acaba siendo tan calcado al original: porque la historia de los muchachos es idéntica, punto por punto, y esa era realmente el alma de la primera `Déjame Entrar´. Reeves se permite tomar prestada esa alma para su película, y (como por arte de magia) la belleza vuelve a inundar la pantalla, siendo el espectador arrastrado de nuevo por esta poderosa historia. Hasta tal punto es hipnótico el efecto que a veces hay que hacer un verdadero esfuerzo por recordar cuál de los dos films está viendo uno.


En la original los dos jóvenes actores suecos hacían un trabajo extraordinario, y (como ya comenté) si la película funciona tan bien es gracias a ellos. El suceso se repite, y hay que señalar como “cómplices” del buen funcionamiento de este remake a los prometedores Kodi Smit-McPhee (`La Carretera´) y Chloe Moretz (`Kick-Ass´). El trabajo de estos dos jóvenes (auténticos actores en potencia) es ya de por sí una buena razón para darle una oportunidad a este remake, pues sus actuaciones son de una madurez y una naturalidad increíbles. Con una mirada, un gesto, una sonrisa, Kodi y Chloe lo transmiten todo, sin necesidad de palabras. Sólo puedo pensar que o bien Reeves ha estado muy encima de ellos o bien la pareja goza de un instinto innato para la actuación.


Es por estas razones por las que no me extraña que la película esté teniendo unas críticas tan buenas y un recibimiento tan entusiasta (a pesar de haber sido un fracaso en taquilla en EEUU). Porque si a esas portentosas actuaciones le añadimos la preciosista puesta en escena de Reeves (que huye del uso convencional del formato panorámico), la más que decente fotografía de Greig Faser (que como he dicho apuesta por tonos dorados) y la magistral partitura de Michael Giacchino (una de las más hermosas bandas sonoras escuchadas este año, terroríficamente bella); nos da como resultado un film muy bueno. Lamentablemente hay ciertas cosas en las que el film de Reeves no resiste la comparación con su homólogo…
